marzo 13, 2011

CARNESTOLENDAS

Por: Pedro De Mendonca

¡Listo! Las maletas con todo lo que debemos llevar. También los abrigos, los sombreros, la pashmina, el estuche con los lentes, el equipaje de mano, las llaves del apartamento, Noche de Mar en el Museo del Plata, el laptop, el dinero y la cámara fotográfica para que los niños se entretengan. ¡Ah y, por supuesto, los boletos!

¡No joda, por fin! Los trajes de baño, el bronceador, las chancletas, las tuallas, los chores, las camisetas, los lentes oscuros que me compré en la óctica, las gorras, los panes, la cava con los pescáos y los rones, el teléfono pá tomar las fotos y pá’ recibir las llamadas del cabrón, los reales y la pelota pá los chamos. ¡Ah, coño, y la carpita!

El carnaval de Niza es, para mí, el mejor de toda Europa. La Isla de la Belleza justo al frente, a tan sólo un paso de Italia, y las brisas del Mediterráneo, hacen de las carrozas y de las gigantes figuras de los desfiles un verdadero souvenir. Compartir sonrisas con los miles de turistas de todas partes del mundo, disfrutar de la imperdible Batalla de Flores y, en definitiva, ser partícipe de esta prestigiosa, estética e impactante celebración es para mí, una experiencia que no tiene precio.

¡Macuto en carnavales es pura crema! Nagüevonadas, aquí sí es verdad que se jode como es. Pasiar un ratico por el bulevar, con ese brisón de la playa que está ahí mismito y llegar hasta la placita de Las Palomas pá’ ir estrenando la botellita, es arrecho pá’ ir entrando en ambiente. Después en la playa, ver al gentío bebiendo aguardiente, unos  ya vueltos lo que se llama mierda, otros a lo lejos con el sancocho montáo y los demás perreando o bailando un vallenato sabroso y apretaítos.  Sea lo que sea, la gente lo que hace es joder, ¡de aquí nadien se va seco!

¡Es terrible tener que regresar a Venezuela! Amo a mi país, pero el cierre de estos carnavales franceses, después de tanto color, de tanto brillo y de tanto placer, me embargan de una total nostalgia. Al menos, regreso con una botella de Ambassadeur, un sabor a naranjas maceradas en vino, cortezas y gencianas, que, no sé por qué exactamente, me hacen recordar no sólo a Niza sino a toda la Costa Azul, con toda la elegancia y la exquisitez de sus tradiciones. ¡Me encanta!

¡Qué ladilla regresarme pál’ cerro otra vez! Coño, uno allá también vacila, pero agarrar la mamarro é’ cola pá’ regresanos, es un desenchunfle arrecho. Bueno, al menos, me voy lo que se llama es curda, con media botellita de Chimeneao todavía, que me la puedo beber pá’ la octavita. ¡Es que ese saborcito es único! Y lo mejor es que plende rapidito y, no sé por qué, pero no deja ratón. Y, claro, el bronceaíto me quedó de pinga, justifica la venida. ¡Coño, me escoñeta!

Nota del escritor: Agradezco a Susan Munévar, por haberme ayudado con el primer párrafo de esta nota.

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